Los ronquidos de manolo despertaron a rosa; adormilada lo observa entreverado en las sabanas, lo remueve, seguía tenso roncando; vencida por el sueño y el frío de la madrugada, impaciente lo empuja con fuerza; manolo aún durmiendo gimió dos veces, cambió de posición y paró de roncar; rosa friolenta, se acomoda en el resto de la cama, espalda y pompis frente a manolo; al sentirla con el roce, la abraza y la acerca de un tirón a su cuerpo caliente; ella algo incomoda cede; sabía, la costumbre, unos minutos a lo sumo, luego la soltaba.
Mientras rosa esperaba, manolo vivía intensamente el submundo del inconciente; dónde está ella, pero si estaba aquí en la cocina; rosa estaba en el apartamento-estudio del joven cristino, pelotero frustrado que soñaba con la oportunidad que nunca llegaba; lo que no arreglaba manolo lo hacía cristino; deja de hacer tantos ejercicios y ve a casa, esa tubería está rota; rosa parada en el zaguán sabía hablarle, cristino cedía al acento del ruego; déme un chance rosa, déjeme acomodar estas pesas; cristino no dejaba de mirarle las pompis grandes de rosa cuando le daba la espalda al salir por la puerta; rosa de apariencia seria con los vecinos, se sentía buena hembra, confiaba en el respeto de cristino, le nacía por dentro la coquetería y el hablar espontáneo. Con el pasar del tiempo la confianza y familiaridad se fue afincando: de las miradas, el juego pasó a las palabras; otra vez rosa, y ahora qué se te ha dañado, transpirado por los ejercicios y con la mirada insinuante puesta en las partes atractivas de rosa, brotaba la expresión melodiosa y pausada de boca de cristino; ve a casa, arregla el bombillo roto y después te sale el café, expresaba rosa indiferente, ignorante de las ansias que incubaba cristino; si me saliera lo de manolo ¡ay!; rosa lo tomaba a chanza, ya era habito el rejuego y coqueteo de cristino.
Manolo aflojó a rosa, ella se movió al extremo izquierdo de la cama, sentía la cómoda sensación de frescura de ese lado vacío, se extendió como pudo, no dejó de mirar a manolo.
El sueño de manolo pasó a un estado más profundo, sin movimiento alguno, todo en él era quietud y tenue respiración; tenía la atención fija en ella, era una revelación inesperada; te digo, voceaba ansiosa rosa, moviendo bruscamente manos y cuerpo, sin darme cuenta esos brazos musculosos de cristino me atenazaron, no podía moverme, “¡me la metió!”, confesaba rosa llorando. Manolo, fuera de sí oía incrédulo la voz entrecortada de rosa manifestando con viveza y exactitud lo que nunca en su vida hubiera querido escuchar, sintió un fuego intenso por dentro; sin quitarle la mirada a rosa, sus ojos brotaban de la cara y un fluido intermitente de sangre le emanaba del cerebro.
De improviso se repuso con tal brusquedad que sin darse cuenta, casi cayéndose, se vio sentado en la cama; tenía esa sensación desagradable, la inefable mezcla de celos e impotencia, de incredulidad con sabor a certeza. Poco a poco, en cosa de segundos fue adaptándose al estado conciente.
Todavía impresionado del infeliz sueño, sintió un vacío de recuerdo; a pesar de la oscuridad de la habitación alcanzó a ver el reloj del gavetero, marcaba las cinco de la madrugada, volteó rápidamente al lado izquierdo con la sensación de lo inesperado ¡estaba allí! sus ojos se posaron en la figura contorneada de rosa durmiendo, no dejó de mirarla detenidamente, uno de los motivos más fuertes de su enamoramiento, esas pompis atrayentes de rosa dibujadas perfectamente en la sabana.
Fue al baño, orinó, luego volvió a la cama, se acostó resentido, no quería ni tocarla; acostado, despierto boca arriba, recordaba la voz de rosa, eso fue ayer sábado en la mañana: manolo ponte y arregla esa tubería, le increpaba ella con voz molesta; manolo, como siempre, rehuía a los trabajos manuales; ¿llamaste al plomero?, fue su lacónica respuesta, el plomero no llegó ese día, era el viejo cristino que ya no podía ni con su alma; ambos estaban molestos, recordaba.
De noche, en la cama, manolo intentó abrazarla; rosa sintió el humor del macho en celo; dominada aun por la molestia de la mañana, reaccionó fríamente: ¡hey! Más p’allá, ¡no te aproveches!; manolo débil a la ofensa, se retiró bruscamente y no volvió a insistir.
Sentado en la cama, algo cabizbajo, mientras calzaba los tenis del ejercicio matutino, no salía de su asombro: todo era tan real, pensaba absorto, ahora caí en cuento, ¡fue un sueño!
Mientras rosa esperaba, manolo vivía intensamente el submundo del inconciente; dónde está ella, pero si estaba aquí en la cocina; rosa estaba en el apartamento-estudio del joven cristino, pelotero frustrado que soñaba con la oportunidad que nunca llegaba; lo que no arreglaba manolo lo hacía cristino; deja de hacer tantos ejercicios y ve a casa, esa tubería está rota; rosa parada en el zaguán sabía hablarle, cristino cedía al acento del ruego; déme un chance rosa, déjeme acomodar estas pesas; cristino no dejaba de mirarle las pompis grandes de rosa cuando le daba la espalda al salir por la puerta; rosa de apariencia seria con los vecinos, se sentía buena hembra, confiaba en el respeto de cristino, le nacía por dentro la coquetería y el hablar espontáneo. Con el pasar del tiempo la confianza y familiaridad se fue afincando: de las miradas, el juego pasó a las palabras; otra vez rosa, y ahora qué se te ha dañado, transpirado por los ejercicios y con la mirada insinuante puesta en las partes atractivas de rosa, brotaba la expresión melodiosa y pausada de boca de cristino; ve a casa, arregla el bombillo roto y después te sale el café, expresaba rosa indiferente, ignorante de las ansias que incubaba cristino; si me saliera lo de manolo ¡ay!; rosa lo tomaba a chanza, ya era habito el rejuego y coqueteo de cristino.
Manolo aflojó a rosa, ella se movió al extremo izquierdo de la cama, sentía la cómoda sensación de frescura de ese lado vacío, se extendió como pudo, no dejó de mirar a manolo.
El sueño de manolo pasó a un estado más profundo, sin movimiento alguno, todo en él era quietud y tenue respiración; tenía la atención fija en ella, era una revelación inesperada; te digo, voceaba ansiosa rosa, moviendo bruscamente manos y cuerpo, sin darme cuenta esos brazos musculosos de cristino me atenazaron, no podía moverme, “¡me la metió!”, confesaba rosa llorando. Manolo, fuera de sí oía incrédulo la voz entrecortada de rosa manifestando con viveza y exactitud lo que nunca en su vida hubiera querido escuchar, sintió un fuego intenso por dentro; sin quitarle la mirada a rosa, sus ojos brotaban de la cara y un fluido intermitente de sangre le emanaba del cerebro.
De improviso se repuso con tal brusquedad que sin darse cuenta, casi cayéndose, se vio sentado en la cama; tenía esa sensación desagradable, la inefable mezcla de celos e impotencia, de incredulidad con sabor a certeza. Poco a poco, en cosa de segundos fue adaptándose al estado conciente.
Todavía impresionado del infeliz sueño, sintió un vacío de recuerdo; a pesar de la oscuridad de la habitación alcanzó a ver el reloj del gavetero, marcaba las cinco de la madrugada, volteó rápidamente al lado izquierdo con la sensación de lo inesperado ¡estaba allí! sus ojos se posaron en la figura contorneada de rosa durmiendo, no dejó de mirarla detenidamente, uno de los motivos más fuertes de su enamoramiento, esas pompis atrayentes de rosa dibujadas perfectamente en la sabana.
Fue al baño, orinó, luego volvió a la cama, se acostó resentido, no quería ni tocarla; acostado, despierto boca arriba, recordaba la voz de rosa, eso fue ayer sábado en la mañana: manolo ponte y arregla esa tubería, le increpaba ella con voz molesta; manolo, como siempre, rehuía a los trabajos manuales; ¿llamaste al plomero?, fue su lacónica respuesta, el plomero no llegó ese día, era el viejo cristino que ya no podía ni con su alma; ambos estaban molestos, recordaba.
De noche, en la cama, manolo intentó abrazarla; rosa sintió el humor del macho en celo; dominada aun por la molestia de la mañana, reaccionó fríamente: ¡hey! Más p’allá, ¡no te aproveches!; manolo débil a la ofensa, se retiró bruscamente y no volvió a insistir.
Sentado en la cama, algo cabizbajo, mientras calzaba los tenis del ejercicio matutino, no salía de su asombro: todo era tan real, pensaba absorto, ahora caí en cuento, ¡fue un sueño!
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